, de: Jose Ignacio Blas
, 16/Nov/2007
Me he decidido a dejar esta opinión inaugural, haciendo justicia y abriendo la boca para romper una lanza a favor de la casa y su propietario. No entendiendo esta ausencia, me inclino a pensar que este silencio habría de entenderse en positivo, no me queda ninguna duda que en otro sentido ya hubiera sido puesto de manifiesto. A partir de aquí, dejar constancia de que el lugar donde se haya la casa, anclada a una herrumbrosa vía de tren intransitada, en un punto entre el Duero y el cielo, invita a habitarla. Una sobria construcción rectilínea en piedra blanca, repujada. De puertas y ventanas, claras, inmensas, rematadas en dinteles curvos, cerradas en madera por los años ajada y austera. Y dentro, el ladrillo, la piedra, el hierro, la madera, el enlucido de calidos colores, un recibidor hospitalario que te recuerda que estas de paso, pero que esta noche puedes quedarte como si estuvieras en casa, una escalera de madera desnuda, un breve pasillo que franquea la curiosidad a la espera, ven para seguir este viaje.
Eduardo su propietario, ha provisto todo lo necesario para el espíritu y el cuerpo, hay una biblioteca y un libro de cabecera sugerencia de la casa, cuadros, murales y frescos de su impronta. Aceite, sal, café.
Dormitando, recordé que estaba de paso, sentado en el sillón, el sol de mediodía entraba a tropel, suave, me dejaba mecer en ese bálsamo, las agujas quietas y oxidadas tras el cristal, colgadas en el aire, detrás, las copas resecas de los álamos de otoño arañaban el cielo, me tengo que ir y este anden está tan quieto.... Gracias Eduardo por permitirnos al viajero seguir esperando al tren.
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